Este domingo se produjo un hito en la historia
del conflicto israelí-palestino. Reino Unido, Canadá y Australia han reconocido
al Estado de Palestina. Se espera que además se sumen Francia y Portugal.
Con ello llegarían a más de 140 países los que han declarado este reconocimiento.
Es cierto que lo anterior resulta
insuficiente, dado que en los hechos la consolidación de Palestina como Estado
se ve obstaculizada por la ocupación ilegítima de Israel. Sin embargo,
constituye un gran avance en el respeto de los palestinos a ejercer su derecho
a la autodeterminación, frente a las pretensiones coloniales del ocupante.
La respuesta de varias autoridades israelíes
no ha tardado. Su primer ministro manifestó que el reconocimiento era una gran
recompensa al terrorismo y agregó que nunca habrá un Estado palestino al oeste
del río Jordán. Otros, como el extremista ministro de finanzas, ha pedido
responder con la anexión formal de los territorios ocupados en Cisjordania (a
los cuales el Estado de Israel se refiere como Judea y Samaria).
Entiendo que la situación empuja a Israel a un
trilema frente al cual no sale bien parado en ningún escenario. Pero antes de
explicar esto, quisiera expresar algunas breves ideas sobre el sionismo.
El sionismo, pensado en abstracto, tiene poco
de cuestionable. Se trata de un movimiento o ideología política que aboga por
la realización del derecho a la autodeterminación del pueblo judío. Sin
embargo, cuando se piensa en concreto, en los hechos efectivos, se torna
problemático. Y es que el sionismo propugna el ejercicio de este derecho dentro
de los territorios de la región histórica llamada Palestina y que los sionistas
consideran como Eretz Israel.
Resulta que, desde la llegada de los primeros
sionistas a estos territorios, ya en ellos habitaba una población eminentemente
árabe. De hecho, durante todo el mandato británico sobre Palestina dicha
población se mantuvo como mayoritaria, a pesar de la gran inmigración de judíos
ashkenazís.
El sionismo, por tanto, enfrentaba un reto
insorteable. Para establecer un Estado del pueblo judío en los territorios de
lo que llaman Eretz Israel necesariamente hacía falta tierra y una
mayoría de población judía. Por ende, desde un inicio la realización efectiva
de los objetivos del sionismo implicó controlar la mayor parte del territorio y
desplazar a la mayoría de población árabe. Podría decirse que el sionismo tenía
-y sigue teniendo- intrínsecamente como condición cumplir con la siguiente
consigna: “La mayor cantidad de territorio, con la menor cantidad de árabes
palestinos.”
Es desde esta necesidad inherente al sionismo
que hay que entender la Nakba de 1948 -en la cual se expulsaron unos
750mil árabes palestinos- y además la ocupación de los territorios de Gaza y
Cisjordania con la guerra de 1967.
Frei Betto atribuyó a Paulo Freire un principio epistemológico que se expresa en la frase “la cabeza piensa en donde
pisan los pies.” Partiendo de este, si se adopta la perspectiva de los árabes
palestinos, no hay duda que el sionismo tendría que ser explicado como un
proyecto de colonialismo de asentamiento, cuyas características definitorias
son precisamente el control territorial más el establecimiento permanente de
una población extranjera que desplaza por la fuerza a la población nativa.
Además, desde cualquier perspectiva externa
razonable, la realización efectiva del sionismo implica la creación de un
etnoestado en el cual los judíos tienen una supremacía por sobre los demás
grupos nacionales. Esto contrasta con la propaganda -repetida ad nauseam- según
la cual Israel es la única democracia de oriente medio.
La ley básica del Knesset (parlamento de
Israel) establece en su artículo 7.a. que a una persona se le puede negar la
participación como candidato si promueve expresiones que impliquen la negación
de la existencia del Estado de Israel como un Estado judío y democrático. Ello
ha dado cabida a intentos de prohibir candidaturas de ciudadanos israelíes de
origen árabe solo por expresar que el Estado debe ser de todos los ciudadanos
(lo cual implica lógicamente que no sea solo de los judíos).
Son muchas las vueltas y maromas que se han
dado para tratar de conciliar el carácter democrático de este Estado con el
principio según el cual este es propio solo de una parte de sus ciudadanos (los
judíos). Sin embargo, creo que lo evidente no requiere de mucha explicación.
Por si quedaban dudas del carácter etnocrático
del Estado de Israel, en el año 2018 se aprobó formalmente la ley básica que
considera a Israel como la nación-estado del pueblo judío. En su primer
artículo se establecen tres principios básicos, de los cuales me permito
resaltar dos: i) La tierra de Israel es el hogar histórico del pueblo judío, en
donde el Estado de Israel fue establecido; ii) La realización del derecho a la
autodeterminación nacional en el Estado de Israel es exclusivo del pueblo
judío.
La referencia a la “tierra de Israel” es ambigua, pues no queda claro si se está refiriendo a lo que el sionismo considera histórica y bíblicamente como el territorio propio de Israel, o al territorio que ha sido reconocido como parte del Estado de Israel por el derecho y la comunidad internacional. Pero luego esa ambigüedad parece reducirse, en tanto se establece una exclusividad del pueblo judío para el derecho a la autodeterminación nacional.
¿Cuál es el sentido de reservar exclusivamente
este derecho al pueblo judío? No parece otro que el de evitar que otro pueblo,
como el palestino, pretenda ejercerlo para crear un Estado propio. En este
punto habría que ser extremadamente ingenuo para no darse cuenta de que esta
ley considera que los territorios palestinos ocupados por Israel realmente
forman parte de ese Estado y que, por tanto, en ellos no puede establecerse
otro Estado.
De manera que, contrario a lo que podría
incautamente pensarse, la negativa del Estado de Israel a reconocer la
posibilidad de un Estado de Palestina no tiene que ver con los hechos del 7 de
octubre de 2023, sino con la propia ideología del sionismo, expresada en su
versión más extrema en la coalición de derecha que hoy gobierna.
Teniendo todo lo anterior en cuenta, considero
Israel se enfrenta al siguiente trilema frente a una posible anexión formal de
los territorios palestinos ocupados:
1)
Al declarar la
anexión, resultaría de justicia que el Estado de Israel reconozca derechos
ciudadanos a los habitantes de estos territorios. Sin embargo, ello implicaría
otorgar derechos ciudadanos a más de 3 millones de árabes palestinos (solo en
Cisjordania), con lo cual la composición demográfica de Israel variaría
sustancialmente y -desde una perspectiva sionista- se pondría en juego el
carácter judío del Estado (sería el derrumbe de la etnocracia judía).
2)
El Estado de
Israel podría limitarse a declarar la anexión de los territorios en los que no
hay presencia de comunidades de árabes palestinos, dejando a estas comunidades
relegadas a bolsones poblacionales, sin conexión ni continuidad territorial, de
manera similar al régimen de bantustanes del apartheid en Sudáfrica.
3)
El Estado de
Israel podría declarar la anexión total de los territorios acompañado de un
desplazamiento forzado de los árabes palestinos, es decir, podría agotar -o más
bien proseguir- una política de limpieza étnica (como está sucediendo en Gaza).
En ninguno de estos tres escenarios el Estado
de Israel sale bien parado. En gran medida ello se debe a las contradicciones
propias de la ideología sionista con un régimen democrático.
Lo más probable es que al final opte por
alguna modalidad dentro de la segunda opción, pues es lo que en los hechos ha
venido practicando durante su ocupación. En ese momento quedará formalizado
institucionalmente el régimen de apartheid en el que de facto viven los árabes
palestinos de Cisjordania.